
Delhi es una ciudad de buscones y lazarillos. La picaresca para extraer hasta la última rupia es tan variada que se merece una categoría aparte en este blog. Una de timos.
Empezaré por algo facilito. Los taxistas no tienen cambio.
Cuando necesitas desplazarte en uno, antes de subir fijas el precio. Cuantos más coges mejor regateas. No sólo espabilas, tienes experiencias metafísicas que te abren los ojos (mi profesor de antropología insistía, “hasta los 30 no puedes tenerlas según Karl Jaspers”; pues majo, en la India es posible tenerlas a cualquier edad).
Al principio me tragaba aquello de “no puedo darle cambio” implícito en la ensayada mirada de apuro de los taxistas y entregaba el billete enterito de 100 rupias aunque fuera menos. Total, una propina.
Debo confesar más: la primera vez que cogí un taxi, de los que te llevan y te esperan a la salida del restaurante, acordamos 600 rupias y pagué 1.000. El conductor no tenía cambio y yo no quería perder tiempo. Estaba deseando traspasar el umbral de casa, feliz de regresar de una pieza y dejar atrás una ciudad fantasmagórica, envuelta en niebla.
Un día dejó de agobiarme el caos exterior y se me encendió una bombillita. Tenía que pagar una carrera corta, de casa al cine. No más de un cuarto de hora. El conductor del rickshaw comenzó el teatro: se encogió de hombros al mirar el billete de 200 rupias que le extendía en la mano y farfulló algo en hindú.
Me dio por sonreír y hablar en inglés ralentizado, como en las pelis de Walt Disney: “NO SE PREOCUPE. VOY A POR CAMBIO”.
Antes de que pudiera dar un paso, él me respondió esta vez en inglés: “Espere, aquí tiene”, mientras sacaba de su bolsillo un fajo voluminoso de billetes, y se piraba sin ningún rubor. Así tuve mi primera experiencia metafísica. Se me cayó una venda de los ojos. Se confirmaron mis sospechas.
Unos días después al salir de casa me planté en la parada de taxis y dije: “Quiero ir a Saket por 80 rupias”. Uno se animó a regatear. “OCHENTA” repetí más seductora que la serpiente Kaa. Todos se rieron, también el tipo que quiso regatear. Cuando llegué a Saket sí tenía cambio…
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