jueves 19 de marzo de 2009

Desi girl



Ana Villanueva tiene el pelo bien corto, castaño, las cejas de Audrey Hepburn, la cintura fina, la mirada limpia. La conocí hace un año en la embajada. Su plan de vida me pareció de cuento. Trabaja siete meses en Ibiza, en el Space, y el resto del año viaja a la India. Se la recorre de arriba abajo.

No es la única. Hace tres meses, en una fiesta de cumpleaños, me topé en Delhi con otra española. También PR del Space. Rubia, vestida de blanco ibicenco. Cogía de la mano a su hermana pequeña, más rubia y con más rastas. Estaba fascinada: “Mira qué guapas. Me encantan”.

Se refería a las chicas de allí. Las desi girls. Las indias de casta alta educadas en el extranjero, retornadas y dispuestas a vivir de fiesta en fiesta. Pura sonrisa. Sólo deben preocuparse de brillar más que las demás. Escoger el vestido adecuado.

En aquella azotea cuatro pies ibicencos permanecían anclados a una silla, mientras una multitud de pieses de chicas indias a punto de casarse, o arreglar un matrimonio, danzaban como peonzas.

Yo he bailado en esas fiestas. Pero no soy una desi girl. Ni del espacio. Soy acaso una peonza que oscila, he conocido otro planeta y vuelvo a Europa. Si podéis id allí. Espero haberos despertado la curiosidad. Os dejo con Dostana. Su banda sonora acompañó mi periplo indio y el de éste blog.

Shanti Shanti

lunes 16 de marzo de 2009

Sin cables y a lo loco



Si los ordenadores con internet proyectaran un túnel de energía, igual que las personas en Donnie Darko, vuestra pantalla os daría un puñetazo. Ahora mismo, una maraña de wifis y redes os rodea, os envuelve, os fagocita. En casa o la oficina. No hay escapatoria.

En Delhi es diferente. Aquí se vive sin cables y a lo loco. Y si los tienes los cortan, los apañan, los roban. Aprovecho para hacer un alegato a favor de este blog. Fue épico ponerlo en marcha.

Primero un virus informático me dejó a dos velas. Formatearon el portátil y el pobrecito balbuceaba tras semejante lobotomía (lo acaricio, no vaya a ser que con este post le entren pesadillas).

Luego vino la lucha para conectarme en el cibercafé con mi propio portátil. Sin eñes palabras como cumpleaños acaban siendo un mal chiste (cumpleanos, punetazo, marana). Mientras reparaban la conexión en casa aprendí a surfear rodeada de chicos mirones y personal plasta.

Pasaban los días y los técnicos de Tata Indicom nos daban esquinazo. Cada día una excusa. La más rara: “alguien se llevó los cables y la casa de al lado no nos permite instalar una nueva red”. En la India los cables trepan con vigor cual lianas de Tarzán sobre la fachada, y es difícil saber quién paga la electricidad de quién. Un cable más o un cable menos poco puede importar. Me olía a chamusquina.

Intentamos contratar una conexión usb, pero a los guiris no les dejan. Necesitas el DNI de un amigo, y no sólo de él, el de su padre, y casi-casi que todo el árbol genealógico. Así que tiras la toalla asqueado y cansado, medio loco y sin cables. Y cuando te rindes, de charla con una vecina, te enteras de la verdad: en tu barrio Sifi tiene el monopolio de internet. Si contratas otra compañía te cortan los cables.

Culpa mía por haber sido tan miope. No presté atención a un cartel en la calle que lo decía bien clarito: “If you don’t want to wait, used Sifi”.
Adenda: Sin cables y a lo loco es uno de mis blogs favoritos. De una chica de Barna que sobrevive en Madrid, reina de los dildos y los mares de Indonesia.

miércoles 11 de marzo de 2009

Primavera silenciosa



Una batalla de colores y agua sin tregua. Es Holi y me lo estoy perdiendo. Tan poco estaré en las Fallas. Ni chicha ni limoná, ni festival de primavera en la India ni en España.

Una primavera silenciosa me ha pillado de paso en Alemania. Kein Problem dice mi hermana, y lo saboreamos en la distancia viendo Outsorced.

La peli cuenta algo archiconocido. Una empresa estadounidense desplaza su división de telemarketing a Bombay. Envían al jefe del departamento para entrenar al nuevo equipo.

Cuando llega Holi abandona su habitación, sin saber lo que le espera en la calle, una auténtica orgía de bombas de color (azafrán en polvo y otras plantas medicinales).

Una pena que omitan el ingrediente secreto de la fiesta: el Bhang, leche mezclada con especias y hojas de marihuana.

(Sollozo). Cómo echo de menos estar en una calle sucia. Cómo echo de menos oler hogueras. Cómo echo de menos los petardos valencianos y la pólvora de Delhi. Ese dejarse llevar por una muchedumbre enloquecida. Let’s get high. Es primavera.





Adenda: Primavera Silenciosa fue el primer libro que advirtió sobre el peligro de la industria química y el cambio climático en 1962. Su autora se llamaba Rachel. Rachel Carson.

sábado 7 de marzo de 2009

Abre las orejas


“No madame, eso no es un elefante”.
El manager del hotel en Jaipur se irritó bastante cuando le pedí una foto junto a Ganesh. Enseguida me sacó de la ignorancia: “Es una de las cinco deidades más importantes de la India”. Escondo la cámara, cruzando los brazos por detrás, e intento absorber la historia del dios elefante.

Resulta que la diosa Parvati se aburría en casa cuando su marido, Shiva, se ausentaba (imagino que bastante tiempo). Deseaba un poco de bullicio, como en cualquier hogar. Deseaba un hijo. Así que creó uno ella misma (mujer con iniciativa). Después de hacerse un peeling, “de sus propios deshechos” creó a su retoño (un hombre a partir de una mujer y no una mujer a partir de la costilla de un hombre, vaya novedad).

Parvati se sentía dichosa. Hasta que un fatídico día da instrucciones al chiquillo para que nadie la moleste mientras toma un baño. En esto regresa Shiva a casa y se encuentra a un mocoso desconocido que no le deja ver a su mujer. “No puedes pasar. Mi mami se está relajando en la bañera”.

Shiva se mosquea y le corta la cabeza. Parvati sale de su sesión de spa y se da cuenta del estropicio. Monta en cólera. Llora. Le explica a su marido que ese pequeño mocoso era su hijo. Que lo hizo ella sola por puro aburrimiento.

Para enmendar su error Shiva busca desesperado una cabeza. Sale a la calle y se encuentra un elefante (aquí es de lo más normal). Antes de perder más tiempo corta la cabeza al paquidermo y con ella revive al hijo descabezado y le nombra guardián (gana) de su ejército. El niño ya apuntaba maneras.



Tras esta explicación pido una vez más una foto junto a Ganesh. Mi obsesión por él ha crecido. A lo mejor por culpa del tráfico. Muchos coches llevan pegatinas naranja fosforito o estatuillas de él en el salpicadero. He interiorizado su imagen. De ese dios con orejas enormes para escucharte mejor, boca pequeña -discreta- y de un alma tan flexible como su trompa.

Ganesh simboliza el éxito frente a los obstáculos, pero sus atributos son contradictorios: Que su estómago es grande porque es sabio y digiere bien lo bueno y lo malo ¿No será que come demasiado o retiene los gases? Que si tiene un hacha en su mano para destruir cualquier cariño o apego. ¿No es eso lo que nos hace fuertes?


La mayor contradicción es la mía; me atrae aunque yo sea lo contrario: tengo las orejas pequeñas, y en ocasiones hablo demasiado.

domingo 1 de marzo de 2009

No tengo cambio



Delhi es una ciudad de buscones y lazarillos. La picaresca para extraer hasta la última rupia es tan variada que se merece una categoría aparte en este blog. Una de timos.

Empezaré por algo facilito. Los taxistas no tienen cambio.

Cuando necesitas desplazarte en uno, antes de subir fijas el precio. Cuantos más coges mejor regateas. No sólo espabilas, tienes experiencias metafísicas que te abren los ojos (mi profesor de antropología insistía, “hasta los 30 no puedes tenerlas según Karl Jaspers”; pues majo, en la India es posible tenerlas a cualquier edad).

Al principio me tragaba aquello de “no puedo darle cambio” implícito en la ensayada mirada de apuro de los taxistas y entregaba el billete enterito de 100 rupias aunque fuera menos. Total, una propina.

Debo confesar más: la primera vez que cogí un taxi, de los que te llevan y te esperan a la salida del restaurante, acordamos 600 rupias y pagué 1.000. El conductor no tenía cambio y yo no quería perder tiempo. Estaba deseando traspasar el umbral de casa, feliz de regresar de una pieza y dejar atrás una ciudad fantasmagórica, envuelta en niebla.

Un día dejó de agobiarme el caos exterior y se me encendió una bombillita. Tenía que pagar una carrera corta, de casa al cine. No más de un cuarto de hora. El conductor del rickshaw comenzó el teatro: se encogió de hombros al mirar el billete de 200 rupias que le extendía en la mano y farfulló algo en hindú.

Me dio por sonreír y hablar en inglés ralentizado, como en las pelis de Walt Disney: “NO SE PREOCUPE. VOY A POR CAMBIO”.

Antes de que pudiera dar un paso, él me respondió esta vez en inglés: “Espere, aquí tiene”, mientras sacaba de su bolsillo un fajo voluminoso de billetes, y se piraba sin ningún rubor. Así tuve mi primera experiencia metafísica. Se me cayó una venda de los ojos. Se confirmaron mis sospechas.

Unos días después al salir de casa me planté en la parada de taxis y dije: “Quiero ir a Saket por 80 rupias”. Uno se animó a regatear. “OCHENTA” repetí más seductora que la serpiente Kaa. Todos se rieron, también el tipo que quiso regatear. Cuando llegué a Saket sí tenía cambio