miércoles 28 de enero de 2009

El tercer ojo



Hay un tercer ojo que todo lo ve. Y en la India cuesta 30 rupias.

Por cinco céntimos de euro puedes comprar un set de bindis en cualquier kiosco de prensa o puesto con horquillas y gomas del pelo.

Son muy chic. Los auténticos son un simple punto rojo. Se pinta a mano con bermellón o cinabrio en polvo, un mineral que contiene mercurio y azufre.

Como las chicas modernas no estamos por la labor de meternos en el bolso un tarro de bermellón -¿quién llevaría un tarro de pimentón de la vera?- os aconsejo los stickers.

No ocupan nada y su adhesivo se adhiere sin ningún problema durante horas y horas. Ahora bien, si queréis algo más permanente usad un edding de punta gorda.

No soy una frívola –aunque me encante la sección de souvenirs- ni se me ha ocurrido a mí sola. Hay un anuncio de Camlin Marker donde explican el significado de ese místico lunar.

El bermellón entre las cejas lo llevan las hindúes casadas. Cuando tu prometido te pinta por primera vez un bindi vuestras vidas se unen para siempre. Y pierdes la virginidad (uppps).

Es un ritual similar a cuando te clavas un alfiler en el dedo y juntas tu sangre con la de otra persona y prometes ser su amigo para siempre. Pertenecer el uno al otro.

La versión india a mí me cautiva por otro detalle. El bindi –el de toda la vida o el de pegatina- se aplica en un chakra o zona del cuerpo por la cual perdemos la energía según el Kundalini yoga. Al poner el bindi lo tapamos, nos cansamos menos y nos concentramos más.

En tiempos de crisis todos perdemos la concentración, os propongo recuperarla con una pegatina que cuesta sólo cinco céntimos.

Namasté.

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