
Si queréis saber dónde poneros melosos en Delhi tenéis que ir al Living Room.
No, no es algo así como “lleva a tu ligue a la sala de estar y de allí al sofá o al catre, según te apañes”. Me refiero a mi zona de recreo y evasión favorita en esta ciudad de frenesí. No es cualquier clase de restaurante, parece un hogar.
Subes las escaleras, iluminadas cada dos o tres escalones con diyas, las velas hindúes de aceites esenciales muy resistentes a pesar de ser de arcilla. Frágiles y delicadas como el amor, nunca se apagan del todo...
Una vez traspasas el umbral entras en un salón vintage. Hay gramolas, baúles, espejos, armarios, lámparas de pie multiformes, lámparas colgantes redondas, ficus que trepan hasta la siguiente planta, donde sigue el repertorio de sofás, sillones, y mesas acogedoras flanqueadas de sillas de cuero.
La pared del cuarto de baño está hecha añicos, como si fuera una composición de Gaudí. Un lavabo atractivo, pero no tan sugerente como el de la cocktelería Barbú, en Madrid: el suelo es de cristal, tiene pétalos de flores por debajo y mucho espacio en cada cabina…
Sin embargo cada detalle en The Living Room parece diseñado para el amor, para un amor sereno, para hacerse arrumacos, beber un té, calentar la tripa y el corazón, hacerse confidencias, relajar la mente, olvidar las preocupaciones, concentrar tu energía en la sonrisa de quien te acompañe. Esas cosas.
Un londinense de mi quinta, del 77, Gautam Aurora, lo diseñó con su esposa Smita Singh, la manager. Querían un espacio donde escuchar jazz en directo, encontrar amigos, saborear comida europea (italiana, española, francesa) y fast good.

Querían algo íntimo. Tanto que es difícil de localizar. Ocupa un edificio naranja y la única referencia es un logo con las siglas TLR como si fueran un sofá. Muy en el estilo de clubbing berlinés, organizan fiestas que convocan casi a tapadillas si no estás en facebook. Hoy por San Valentín ofrecen una que pone en evidencia a los solteros. Mejor ir otro día...
Sus camareros son de los que casi adivinan el pensamiento, no dudan en sugerir fuera de carta, un buen filete de ternera a los expatriados nostálgicos y con ojitos de “quiero carne”.
Un zumo de manzana recién exprimido con unas bruchetas de mozzarella, tomate y albahaca, calmaron mi estómago tras tres días de Delhi Belly. No sólo recuperé el apetito, también el ánimo. Me sentía a gusto. En casa.
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