lunes, 10 de noviembre de 2008

Haciendo el indio



Llegué a Delhi después del Diwali con una pachorra nociva. Me relamía con pensamientos infantiles. Qué suerte venir en noviembre a una ciudad a 28 grados y acortar el invierno. Cuántas ganas de comer chapati recién hecho y perder las horas caminando de bazar en bazar. Esa era mi fantasía. Dar una patada a la silla de la redacción y tener más tiempo para salir a comprar el pan, o lo que fuera. No imaginaba quién me esperaba con los brazos abiertos: la niebla.

La niebla más horrorosa que nunca experimenté.

La boina de Delhi es marrón, tapa el sol, y no sólo tiene una arenilla en suspensión que escuece los ojos, además contiene dióxido de azufre: lo que escupen los volcanes.

Me sentí Indiana Jones sin látigo. Sí, eso es lo que siente una madrileña cuando le quitan el cielo azul eléctrico y el sol mordedor y aterriza en medio de una ciudad en brumas, con polvo más milenario que el de la tumba de Tutankamón. No he cogido un cigarrillo en la vida, tal vez porque mi madre no se despega de su tabaco (debemos ser agradecidos con los fumadores, nos dan el ejemplo a no seguir). El caso es que la primera semana aquí pensé: "nena, ni que hubieras fumado media vida".

Sólo con asomarte al balcón sientes cómo este aire denso y ceniciento martillea la cabeza, hincha las venas del cuello, abotorga las piernas, y lo más preocupante, los mocos se vuelven negros. También he renunciado a llevar las uñas largas. Nunca fui fan de la manicura, tal vez por el baloncesto, pero es que ahora uso ¡cortauñas de caballero! Y el pelo me huele a fogata.

Tengo que ser así de cruda. Quien busque romance que se abstenga de venir aquí. Porque Delhi es como las ciudades polvorientas de los western con una particularidad. Imaginad 20 millones de personas levantando polvo con sus pies, sus motos Royald enfield, sus bicis de tercera mano y sus autorickshaw... Eso es Delhi. Me han dicho que me vaya preparando para las tormentas de arena que vienen del Rajhastan en verano. Ahora entiendo porqué se ponen velo y se tapan la cara con pañuelos.
El “festival de la luz” para mí ha sido el festival de la ceniza. Llegué al final de la batalla, una vez tirados todos los petardos, quemados todos los ninots del dios Ravan (el que birló la mujer a Ram), encendidas todas las velas, prendidos todos los inciensos. Y en el fondo de mi corazoncito me gusta. Me gusta haber llegado a una ciudad monstruosa donde la gente quiere por encima de todo divertirse.

Una ciudad donde puedes cruzarte en cualquier momento con una chica vestida de princesa, con los pies descalzos y cubiertos de henna, caminando del templo a su coche occidental con una enorme sonrisa.

Contrastes que te recuerdan que estás vivo, aunque respires una atmósfera venenosa.

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